No hay árbol que el viento no haya sacudido.
No hay ruinas que al permanecer se olviden,
y mientras las cosas siguen
su curso,
lejano y a la vez presente
como el despertar de un fulgurante espacio
que al estar intacto se presenta y sale de las sombras,
preguntando por qué sólo se existe
frente a los ojos ajenos.
Pero aún así persiste
mientras el día pasa y la noche se adelanta.
No hay árbol que el viento no haya sacudido.
No hay vida que no haya saboreado el aire
de un domingo sin prejuicios melodiosos,
y la luz de un solitario que vive resignado
pensando que vivir y estar sólo
coexisten en el tiempo.
Leí “no hay árbol que el viento no haya sacudido”
Cerré los ojos,
y me acordé del viento.
No hay ruinas que al permanecer se olviden,
y mientras las cosas siguen
su curso,
lejano y a la vez presente
como el despertar de un fulgurante espacio
que al estar intacto se presenta y sale de las sombras,
preguntando por qué sólo se existe
frente a los ojos ajenos.
Pero aún así persiste
mientras el día pasa y la noche se adelanta.
No hay árbol que el viento no haya sacudido.
No hay vida que no haya saboreado el aire
de un domingo sin prejuicios melodiosos,
y la luz de un solitario que vive resignado
pensando que vivir y estar sólo
coexisten en el tiempo.
Leí “no hay árbol que el viento no haya sacudido”
Cerré los ojos,
y me acordé del viento.

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