
En el transcurso de un paso de generación las miradas se despersonalizan, el espacio que por años circundé y que me resultaba más familiar que mis propios miembros hoy me resulta habitado de interrogantes, de misterios sordos y correspondencias equivocadas. Me alejo del camino que me vio crecer y me voy; no sé a dónde pero me retiro. Y en las mañanas tristes y asoladas de desconocidos me despierto y me falta el aliento, mi mente se inunda de interrogantes, de miles de interrogantes que se reducen en una sola palabra, en un paisaje desolador inevitable y recorrido por todos. ¿Soy yo el que ha cambiado? ¿A dónde iré? y donde el pensamiento no es, ¿sentiré angustia? Muchos años ya han pasado y supongo que ya es hora; pero ¿cómo despedirme? Cómo enfrentarme a esa brisa mañanera de armonías cromáticas, a ese aroma de la piel bronceada en el horizonte de recuerdos. A la risa de un niño. El murmullo de los insectos y las ramas de los manglares. Cómo dejar de pensar en la primera caricia, en el rozar de cuerpos y en el silencio de quien calla por respeto. Cómo dejar de sentir compasión, arrepentimiento y ligereza.
Me iré sin mirar atrás; y recordaré, un instante antes de cruzar , que fue aquí donde sentí la vida. Es aquí donde mi existencia reposará; en un árbol, una flor, o en una ola.


